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El tema de la unión y los lazos familiares, más que el de la familia misma, es el que guía todas y cada una de las decisiones de los personajes de esta historia. El hermano mayor, henchido de poder y de dinero, se encuentra tan hundido como el hermano menor que no tiene ni para la quincena ni para el orgullo propio. El primero no tiene descendencia, pero sí cuenta con el favor y la mirada siempre orgullosa de su padre. El segundo sí tiene una hija, que empieza a sentir temprana e inevitablemente la desilusión y el desencanto hacia la figura casi ausente de su padre. La esposa del primero le pone no muy sutilmente el cuerno a su esposo, engañándolo (¿qué mejor elección?) que con su hermano, mientras que la esposa del segundo, está tan harta de la inutilidad de su esposo, de todas las limitantes a las que ésta las orilla a ella y a su hija, y es tanto su hartazgo, que simplemente no le interesa si su marido tiene una amante o no.
Aun con estos entreveres y trasfondos, si la mujer descreída engaña al hombre dominante con el hermano débil e ingenuo, no tiene gran importancia. La mujer bien puede contentarse con irse de la casa, el esposo puede permitirse externar su coraje vaciando lentamente las piedras del adorno central de la mesa para después tener la mente clara y concentrarse en sus problemas y el hermano menor puede, simplemente, escoger entre darle explicaciones o escapar de la ira contenida de su hermano cuando sepa que lo han descubierto.
Sydney Lumet cuenta un relato plano pero bastante retorcido de la manera más inocente posible y esa ha sido siempre su mejor manera de contar historias, porque la narrativa de Lumet es el as que siempre ha tenido bajo la manga. Además, como para imprimirle el toque de frescura obligado para los directores de alcurnia, ésta es la primera vez que Lumet trabaja con cine digital, convirtiendo esta herramienta en un recurso para que la película se vuelva más intimista.
Pero dentro de toda esa inocencia narrativa, la edición le inyecta el toque inteligente e indicado que requiere esta complicada historia, gracias a sus retrocesos en momentos aparentemente poco significativos, que aunque no tienen en sí un gran peso en la historia, sí lo tienen en el espíritu de los personajes, y qué oportuna constatación de esto, por ejemplo, con la secuencia del velorio de la mamá, cuando el papá dice que su hijo menor nunca ha dejado de ser un bebé.
Sydney Lumet hizo con este relato lo que sucede con el punto de partida de acción de la trama de la película, un simple atraco que en principio se adivinaba por demás sencillo, se complica y las consecuencias que van resultando se salen cada vez más de las manos de todos, hasta mostrar la verdadera personalidad que hay dentro de los personajes envueltos en este conflicto.
Lumet hace un uso muy hábil de la naturaleza del relato para contar una historia sin muchas sorpresas, porque cada acción tiene sus consecuencias esperadas, obvias y hasta anunciadas, y lo convierte en una historia que se vuelve sumamente disfrutable por la manera en que está contado, gracias a la dirección y a las actuaciones magistrales de Albert Finney, Phillip Seymour Hoffman y de Ethan Hawke, que como padre e hijos, muestran el amor y el odio que avanza y retrocede entre ellos, la confianza y la traición, el orgullo y la desesperación, las motivaciones equívocas y el sufrimiento de las consecuencias, que los van haciendo crecer y hundirse entre el Cielo y el Infierno. |