Hay un momento en Fresa y chocolate (Tomás Gutiérrez Alea, 1994) en el que Diego, un artista homosexual que detesta la palabrería del castrismo cubano, hace una dura crítica a los intentos literarios de su amigo David, un joven listo pero con un pensamiento envenenado por su socialismo. "No hay vida, sólo consignas", le dice acerca de su texto.
Es exactamente esa, y no otra, la razón por la que Cementerio de papel resulta una cinta casi insufrible: una cosa es la creación literaria, la sensibilidad que acerca, y otra muy distinta las consignas y la demagogia justiciera.
Basada en una novela de Fritz Glockner, hijo del guerrillero Napoleón Glockner asesinado en 1976, la historia peca de un infantilismo explicable sólo por lo esquemático y reduccionista de su pensamiento militante. Es 2006. Una trabajadora del Archivo General de la Nación es asesinada misteriosamente y una de sus amigas, junto con un escritor y un reportero deciden iniciar una investigación por su cuenta, partiendo sólo de una suposición.
La especulación resulta cierta. Detrás del crimen están funcionarios de la desaparecida Dirección Federal de Seguridad y un ex presidente, que buscan ocultar documentos que los incriminan por hechos de la Guerra Sucia. Sin embargo, el thriller político que el director Mario Hernández y su guionista Xavier Robles pretenden que sea Cementerio de papel está lleno de ingenuidades.
Para empezar, los malos de la historia son (al menos así se decía en mis tiempos) como la policía china: misteriosos y pendejos. El Turco es una especie de encarnación fílmica de Miguel Nazar Haro, suficientemente astuto para ordenar robar y quemar miles de archivos que lo exhiben como responsable de torturas y desapariciones en los años setenta, pero suficientemente imbécil para hacer y guardar copias fotostáticas de todos.
En cambio, en el mundo de Fritz Glockner, los buenos usan camisetas con leyendas políticamente correctas, leen sólo La Jornada porque aparentemente los otros diarios están hechos para defender intereses siniestros ("menos mal que no lees el Reforma, cabrón", dice uno de ellos) y usan frases típicamente reduccionistas que deben sonar muy apantalladoras en un mitin político ("son inconcebibles los contrastes del capitalismo", "la Suprema Corte está en manos de la derecha").
En esa realidad, los periodistas no informan; son una especie de representantes del tribunal del pueblo que emiten condenas contra sus perversos entrevistados, que además de corruptos y asesinos se oponen a que Andrés Manuel López Obrador salve al país. Al final, para legitimar todo ese discurso sin vida pero lleno de consignas se incluyen un par de escenas donde Rosario Ibarra
hace el papel que tiene puesto desde que empezó a vivir de los nunca desairados recursos públicos.
Las taras de la militancia ciegan. Cuando director y escritor se proponen instruir al pueblo antes que contar una historia bien hilada, lo más seguro es que todo sea un gran lugar común descrito en lenguaje de asamblea. De no morir antes de aburrimiento con esas peroratas sobre el gobierno malo que conspira contra los ciudadanos buenos, en una de esas uno halla, como Armando Vega Gil, que en esta película hay de veras un thriller al estilo de Costa Gavras.
Ajá. |