El cielo dividido es una película que refuerza uno de los estereotipos sobre la comunidad homosexual masculina: hombres que se visten con playeras pegaditas y cuya vida transcurre entre la fornicación y la búsqueda de nuevas parejas sexuales.
Silente en su mayor parte, la cinta narra el encuentro de Gerardo (Miguel Ángel Hoppe) y Jonás (Fernando Arroyo), dos muchachos universitarios homosexuales que, tras conocerse, no cesan de contemplarse, acariciarse, mimarse y besarse en las escaleras, en los pasillos, en la cama y en el baño. Eso es todo.
No hay mucho más texto en la película que unas cuantas intervenciones con voz en off, que tratan de explicar, con pretendido y fallido sentido poético, el tremendo amor que sienten los protagonistas. Lugares comunes de la prosa adolescente sensiblera que no aportan ni quitan nada a lo que se ve en la pantalla.
Las escenas sexuales prolongadas impiden el desarrollo de la narración y sus personajes. Al final uno sabe tan poco de los amantes, que se diría que no tienen, ni pasado, ni amigos, ni ideales sociales, ni proyecto a futuro. Por cierto, no existe nada más en las historia que estos dos chavos, acaso la mamá de uno de ellos, cuya breve intervención no explica más que la compasión maternal por su hijo.
El relato es redundante y monótono, los jóvenes se la pasan la mayor parte del tiempo esperándose o tocándose. No hay drama que se vislumbre en este aburrido idilio, más que las obvias escenas de celos entre ellos. Hay que ser bastante paciente para esperar el desenlace de la película.
La falta de tensión dramática en El cielo dividido explica por qué pocos distribuidores mexicanos se interesaron por llevarla a las salas de cine, tras un año de haberse filmado. Algo sintomático es que, después de recorrer 90 festivales en todo el mundo, según lo reportado por su productor, la cinta no haya merecido reconocimientos de ningún tipo.
Cuál era el propósito del director Julián Hernández, que a falta de ideas se regodeó entre tomas sodomitas y besos de lengüita. Misterio. |