The motorcycle diaries (2004)
Estados Unidos
128 min.
Walter Salles
 
 
 
José Rivera
Eric Gautier
Gustavo Santaolalla
Gael García Bernal,
Rodrigo de la Serna,
Facundo Espinosa, Mía
Maestro, Mercedes Morán

 

"Yo, no soy yo; por lo menos no soy el mismo yo interior”, escribió Ernesto Che Guevara en un texto posterior al final de sus notas de viaje, escritas entre enero y agosto de 1952 en su viaje por Argentina, Chile, Perú, Colombia y Venezuela.

Al igual que un viaje de redescubrimiento, la literatura, la música, la pintura y el cine tienen sin duda su mayor éxito cuando reavivan la capacidad de asombro y ponen en la calle a un hombre diferente del que abordó la primera página, el primer compás y la primera imagen.

Diarios de motocicleta, cuarto largometraje del director Walter Salles logra un filme con varios de estos elementos, verdaderamente emotivo a  partir, no de la figura del santón de las perversas y demagógicas izquierdas latinoamericanas, sino de la historia de un par de seres anónimos —al menos en el momento que la historia se desarrolla—, venturosamente despojados de cualquier aureola de santidad: Ernesto Guevara y Alberto Granado.

Como espectador, uno ve en pantalla a un par de jóvenes de 23 y 29 años, fundamentalmente idealistas, pero lejos de la palabrería sobre el “hombre nuevo”, el “imperialismo” y la “revolución” que más tarde vaciaría de sentido la dictadura castrista en Cuba.

De hecho, el Guevara encarnado por Gael García Bernal apenas comienza a descubrir un mundo particularmente ajeno para la clase media bonaerense, en la cual vivía; Ernesto no tiene un repertorio de frases históricas ni aquel gesto impostado que años después retrataría Korda y que terminaría en los afiches y las camisetas de la fauna de izquierda, representada por el CGH y el turismo revolucionario del EZLN.

Por momentos, el filme toma la forma de un documental en el que, mochila al hombro, actores y director se entremezclan con los pobladores y los paisajes, en una narrativa que no tiene punto de referencia en el tiempo. Llama la atención ver a Gael García y a Rodrigo de la Serna simplemente escuchando a un grupo de mujeres indígenas, a un campesino del Perú o a un niño guía de Cuzco como si todo aquello no fuera parte del itinerario de la película; resulta difícil hacerse a la idea de que esas historias personales no corresponden al presente y pensar que los oyentes siguen siendo los personajes de Guevara y Granado y no los actores que los representan. Justamente, durante la conversación de ambos con un indígena que narra el despojo de sus tierras se evidencia un error de dirección, toda vez que el campesino no habla con dos, sino con tres personas.

De hecho, en este recorrido Salles añade un elemento que resulta demagógico de tan gratuito: tomas fijas a manera de fotografías en blanco y negro de indígenas, obreros, leprosos y mineros, como si buscara conmover al espectador “mira, los desposeídos”. El recurso es francamente innecesario y le rompe el ritmo a una historia que camina bien.

Los primeros juicios sobre el trabajo de García Bernal han comenzado por exigir un examen de conocimientos al actor para medir su entendimiento sobre lo que significó El Che. Sus sinodales son, por supuesto, pasantes de economía, ciencias políticas, o bien activistas del CCH Vallejo, que vomitan a Jorge G. Castañeda y leen La Jornada.

En realidad, muchos asumimos a priori que el actor mexicano carecía de talla para el trabajo, y esperábamos verlo haciendo uso de un tono afectado, siempre a punto de soltar una frase para la posteridad. Sin embargo, su desempeño resulta de verdad notable, lo mismo que el de Rodrigo de la Serna, quien brilla con luz propia.

Gael García puede sentirse contento de su actuación en Y tu mamá también, en la medida en que su aparición en el filme lo catapultó a los primeros sitios. Hoy, sin embargo, necesita sacudirse la sombra de un trabajo menor elaborado a medida para un público adolescente; García Bernal hoy juega en grandes ligas y ha alcanzado la mayoría de edad como actor, sin tener que haberse involucrado con el mundo de Hollywood.

Es cierto que el Guevara de Walter Salles carece de fisuras y por momentos parece "demasiado bueno", sostenido en la idea de que El Che fue un hombre generoso que se dio a sí mismo por una causa. No obstante, Diarios de motocicleta dista mucho de ser el trabajo complaciente que Oliver Stone hizo recientemente de Fidel Castro; un panfleto vergonzoso titulado Comandante , pero que podría llamarse El traje nuevo del emperador. De ése ya hablaremos.

Con el tiempo tendrán que llegar las revisiones críticas de El Che como cabeza de una Revolución que devino dictadura, los “juicios revolucionarios” en la fortaleza de la Cabaña a los que les seguían sentencias con su firma y las ejecuciones a la madrugada. Esas revisiones ya vendrán; por ahora quedémonos con ésta y sus méritos.