Efectos secundarios (2006)
México
111 min.
Issa López
 
 
 
Issa López
Carlos Aguilera
Jermaine Stegall
Marina De Tavira, Alejandra Gollás, Arturo Barba, Pedro Izquierdo, Julieta Egurrola, Patricia Llaca, Regina Orozco, Mafer Malo, Joaquín Cosío y Darío T. Pie

 

“La primera vez que me morí tenía 18 años”, se le escucha decir a Marina de Tavira en su primer parlamento de Efectos secundarios. Gran error, pienso, porque esa frase que intenta ser tan original ya se la había oído a Adrien Brody en Regresiones, una película que se estrenó no hace más de un año: “Tenía 27 años cuando morí por primera vez”.

Pese a ello, me detengo, me quedo frente a la pantalla durante 111 minutos y salgo una vez más preguntándome por qué los cineastas mexicanos no escuchan otra cosa que las voces en su cabeza y las de su grupo de aduladores, siempre tan autocomplacientes, siempre tan faltos de autocrítica.

Respaldada por Warner Brothers Pictures, escrita y dirigida por Issa López —antes guionista de Ladies' Night (2003)— Efectos secundarios se vende a sí misma como una cinta que habla de la terrible experiencia que en teoría significa cumplir 30 años y las dudas que asaltan a la gente que se acerca a esa edad.

La historia se ocupa de la vida de cuatro treintañeros que se reencuentran en una fiesta de ex alumnos, 12 años después de haber dejado la preparatoria; pero los cuatro, a juzgar por lo que se ve en pantalla, son en realidad seres lamentables que parecen haberse dedicado a robar aire desde los 18, pues no parece haber pasado nada interesante en sus vidas desde entonces, a no ser porque uno de ellos aparece como un adicto en rehabilitación.

Por ejemplo, Marina, la protagonista, parece ser escultora, pero no sabemos muy bien de qué vive. Se le ve permanente alterada y preocupada porque alguien le haga el favor y la quiera; sus lazos afectivos son irreconocibles y su mundo parece estar limitado a una relación de amistad con un amigo adicto. La puerilidad del personaje —o del guión— es superlativa. Si no, de qué otra manera se explica que veamos a la mujer, corriendo en busca de un tipo al que no ha visto en más de una década para averiguar si éste la ama.

El resto no es más interesante, pues fuera del esfuerzo que hace Alejandra Gollás como Mimí, una chica bajita con baja autoestima y dominada por su madre (Julieta Egurrola, espléndidamente irritante), el elenco está integrado por gente sin alma.

Al margen de estos elementos, los diálogos no podían ser menos naturales. Los personajes son chocantemente “profundos” por momentos y se les ve recitando largos fragmentos de filosofía enlatada, de esa que se escucha en los programas matutinos, y aunque son prácticamente unos desconocidos que apenas se ubican por su apodo, hablan de amor y de compromisos como si hubieran estado una vida juntos.

Los conflictos, pues, no provienen de la edad de esta gente, sino de su incapacidad para fabricarse una vida y de su nula idea de la dignidad.

Justamente por todo esto, decir que los que tienen 30 se verán identificados con la trama es francamente aventurado. Aunque por lo general suelen ser dolorosas, las crisis de la madurez no anulan la cotidianidad, no detienen el mundo ni llenan de comportamientos patológicos al promedio de los habitantes del mundo real.

La falta de consistencia y realismo de Efectos secundarios corresponde fielmente a su final, en el que la protagonista parece estar leyendo uno de esos mensajes optimistas, en Power Point, que le llegan a uno por correo electrónico y que dicen cosas como "Come frutas y verduras... vete acostumbrando a que no vas a poder tragar garnachas toda la vida... Prueba otros sabores de helado... Arranca el coche un día, y no pares hasta que se acabe la gasolina..."

En serio, no estaría mal echarle un vistazo a El último beso (2001), la película del italiano Gabriele Muccino, una reflexión, por mucho, más honesta sobre la bronca de cumplir los treinta.