Aunque el tiempo habrá de darle su lugar dentro de la saga de Star Wars, en una primera mirada, el Episodio III: La venganza de los Sith aparece como el más afortunado de los tres capítulos filmados por George Lucas para esta trilogía.
Hasta antes de la primera escena de esta película habrán pasado tres años desde el inicio de la guerra de los clones —cuya génesis vimos en el Episodio II— y el supremo canciller Palpatine aparecerá prisionero del Conde Dooku.
Obi-Wan Kenobi y Anakin Skywalker —ya convertido en caballero Jedi— se embarcan en una desesperada e improbable misión de rescate para liberar a Palpatine y acabar con el General Grievous, líder del ejército droide a las órdenes de Dooku.
A partir de ese punto, la historia teje la caída del héroe Skywalker, seducido por las posibilidades que parecen abrírsele como aprendiz de Palpatine, transformado en el señor de los Sith, Darth Sidious.
A diferencia del Episodio II, el lazo entre los dos Jedis es más visible. La pérdida que sufre Obi-Wan Kenobi de Skywalker es dolorosa; su paso al lado oscuro es pausado, lento, trabajado; los cambios en su carácter no parecen tan gratuitos, y el joven es transformado cuidadosamente en un personaje cruel, brutal, asesino.
El filme se torna oscuro por primera vez; los muertos aparecen, la crueldad de la nueva dictadura establecida por Palpatine es más evidente y la cacería de caballeros Jedi y el exterminio de su orden tienen un tono desolador que llega por instantes a El Imperio contraataca.
A diferencia del resto de la saga de Star Wars, el gran combate aéreo que generalmente cierra las épicas, aparece esta vez al inicio del filme; la secuencia es delirante, desordenada, pero efectiva en términos visuales, además de que elimina la recurrente escena del disparo que define la guerra al dar en el blanco casi producto de la fortuna. Esto da pie a que los combates con sable láser definan el curso de la historia; los duelos son furiosos, y muy intensos en términos incluso emotivos.
Peter Travers, de Rolling Stone, escribía en su crítica a la película: “Decir que Hayden Christensen parece tieso es un insulto a las marionetas”. Ciertamente, la actuación del canadiense resulta dispareja sobre todo en lo que se refiere a los contrastes en la personalidad del joven Jedi, aunque en perspectiva con el Episodio II la mejoría es notable.
En un caso diferente se ubican algunos momentos Ewan Mc Gregor durante el enfrentamiento final con su aprendiz, Natalie Portman, e Ian McDiarmid, quien interpreta un doble papel sobresaliente, primero, como el falsario y embaucador canciller, y más tarde convertido en el oscuro Sith de arma escarlata.
Y si bien, el General Grievous —el cyborg que en la serie animada de Guerras Clónicas aparecía como un brutal asesino de Jedis, a quienes despojaba de sus armas— resulta decepcionante por su intrascendencia, la pelea que da origen a la figura de Darth Vader es casi inmejorable como cierre de la historia.
Desarrollada por completo en el sistema Mustafar, un planeta volcánico, uno apenas puede reprochar al director su excesiva confianza en los gráficos generados por computadora que por momentos convencen muy poco y restan realismo a la secuencia.
Así, lo que en La amenaza fantasma fue un combate excelente muy mal cerrado entre Obi-Wan Kenobi y Darth Maul, en el Episodio III el final provoca incluso cierto estupor, dada la gravedad de las heridas que el Jedi inflige a su aprendiz.
Es difícil establecer si La venganza de los Sith es el puente perfecto entre esta trilogía y la anterior y es demasiado pronto para afirmar que 28 años de espera entre ésta y Star Wars de 1977 valieron la pena. El producto es bueno, pero habrá que esperar a que las aguas se asienten. |