Como parte de la estrategia publicitaria de la cinta Eros una vez María, de Jesús Magaña, se han usado las palabras de un crítico de cine de la revista estadounidense Variety y las del director mexicano Alfonso Cuarón. El primero escribió que es "la película más sensual desde Y tu mamá también" y el segundo la calificó como “una película que no pide permiso” (lo que sea que eso signifique).
A partir de tales figuras de autoridad, quienes pensemos distinto seremos increpados, pero en fin, quizá sólo se trate de una confusión. Porque la película vista por un servidor no presumía de una sensualidad que no se haya visto antes (manos que acarician espaldas, mujeres guapas sin sostén o coqueteándole a la cámara con la mirada), tampoco de una historia de amor apasionada (ni siquiera descifrable) o de actuar con irreverencia respecto a cualquier cosa en particular.
Hablo más bien de una película que parece filmada en el interior de algún húmedo sótano, que después de ser rodada fue guardada ahí mismo y pasados algunos meses fue sacada de sus latas hecha pedacitos para armar con todos ellos un rompecabezas.
Sin aparente congruencia entre una escena y otra, se proyectan episodios de la vida de una pareja: Tonatiuh (Julio Bracho) y María (Ana Serradilla); una sesión de psicoanálisis de diván de Tonatiuh con su doctora (Mónica Dionne); otras donde aparece María haciendo piruetas en la playa; otra donde aparentemente el protagonista se droga y unas pocas donde se acuesta con mujeres fugaces.
Tratar de armar todos los pedazos en la cabeza es lo menos difícil, lo engorroso está en adivinar o entender los parlamentos de los actores. No sólo hablan de cosas incomprensibles, sino inaudibles. El ruido ambiental, las olas que se estrellan en la playa, la fiesta de luchadores donde Tonatiuh se emborracha o la música en un antro, hacen de los diálogos una angustiante serie de palabras sueltas.
Es posible que en esta versión fragmentaria de una historia de amor se hayan perdido la tensión dramática o sentido del humor de la película, e involuntariamente se hayan colocado varias secuencias monótonas que no vienen al cuento y nada más lo hacen largo.
Sin embargo, hay algo muy claro. María, quien muere en algún momento de la película, es la musa del camarógrafo. Uno supone que quiere compartir lo adorable que es ese personaje, pues la filma con la cámara en mano cuando se prepara un sándwich, cuando se mete a bañar o cuando se mete un par de rayas de cocaína.
El jazz que musicaliza algunas escenas no tiene incidencia en las mismas: ni las hace más dramáticas, introspectivas u oníricas, pero ya inmersos en un desconcierto de 90 minutos, se agradece encontrar algo que puede escucharse sin tener los ojos abiertos. |