Espinas (2005)
México
89 min.
Julio César Estrada
 
 
 
Guillermo González,
Augusto Mendoza
Arturo de la Rosa
Federico Terán
Mariannela Cataño, Esteban Soberanes, Guillermo Gil, Bernardo Gamboa, Alejandro Tommasi, Martha Mariana Castro, Carmen Salinas, Ernesto Yáñez

 
 

Es una pena que Cañitas (2007) haya sido la carta de presentación de Julio César Estrada como director. En realidad es una vergüenza que los delirios lamentables de un payaso como Carlos Trejo hayan ocupado lugar en las carteleras durante varias semanas, mientras que Espinas, la ópera prima del mismo Estrada, debió permanecer arrumbada durante años, sin un distribuidor, rechazada en todos los festivales mexicanos que habrían permitido exhibirla antes.

Las diferencias entre ambas son realmente abismales. Mientras aquella bien podría ser uno de los más grandes homenajes a la credulidad del populacho educado por la televisión, Espinas llega a ser una sutil crítica contra la cara perversa de una religiosidad que prescribe resignación ante la existencia de miserias humanas, sufrimiento como única forma de alcanzar la felicidad y expiación dolorosa como forma de acceder al cielo prometido.

Con notables actuaciones de Mariannela Cataño, Esteban Soberanes, Guillermo Gil y Alejandro Tomassi, quienes mucho hacen con un guión que por momentos llega a quedarles sumamente flojo, Espinas se centra en la vida de Magdalena (Cataño), una joven de 15 años de edad, que trabaja como empleada en una fonda de barrio y quien en casa tiene que lidiar con los maltratos de un padre alcohólico, los problemas de un hermano homosexual que encuentra en la prostitución su forma de vida y el acoso de un delincuente arropado por un comandante de la Policía Judicial. Educada en la tradición culpígena, Magdalena cree que el mundo sólo puede ser transformado con las lágrimas del dolor, así que come espinas para lastimarse.

Si bien es evidente la falta de oficio de Estrada para imprimirle mayor dinámica a lo que originalmente fue concebido por Guillermo González como un cortometraje, también tiene como cualidad el no llevar sus pretensiones demasiado lejos y no presentar su historia como el espejo de una ciudad decadente, sino simplemente enfocarse en el drama personal de Magdalena que se cruza, no gratuitamente, con otras vidas sombrías que pueblan los espacios más sórdidos de la colonia Guerrero.

La experiencia teatral de buena parte del reparto es notoria en el tono y las pausas de que imponen en sus diálogos, un tanto sentenciosos para la naturalidad que exige el montaje cinematográfico; sin embargo, esto se ve compensado con detalles que le imprimen personalidad propia al filme: un padre de familia que va por las calles vendiendo electrodomésticos y baterías de cocina; la ingenuidad de Magdalena, quien se siente confusamente agradecida con el delincuente que la asedia; la ambigüedad de Huker, el judicial enamorado de un prostituto homosexual, así como una fotografía sucia y un conjunto de locaciones retratadas sin maquillaje alguno y que incluyen el Hotel Abisinia, en la calle de Riva Palacio, habitual refugio de malvivientes y gente sin hogar.

Las carencias de Espinas bien pueden tener su explicación en la inexperiencia y juventud de Julio César Estrada, pero hay dos hechos que no pueden desdeñarse —de hecho, le otorgan mayor valor a los aciertos del director—: estamos hablando de un largometraje que costó 6.5 millones de pesos (la mitad de lo que normalmente invierten otras producciones), que fue rodado en sólo 15 días y en el que los actores no cobraron un solo peso.

Increíblemente modesta y ambiciosa, al menos en cuanto al mundo que pretende reflejar, esta cinta tendría que merecer un poco más de lo que en su momento tuvo Guadalupe, la versión en rosa del gran mito del Tepeyac, apoyada con los dineros de importantes empresas, pero irrelevante y sin alma.