Fahrenheit 9/11 (2004)
Estados Unidos
123 min.
Michael Moore
 
 
 
Michael Moore
Mike Desjarlais
Jeff Gibbs
Apariciones de Michael Moore, George Bush, Lila Lipscomb, Donald Rumsfeld, John Ashcroft, Dick Cheney, Condoleezza Rice, Tammy Baldwin, príncipe Bandar bin Sultan, Saddam Hussein

 

Masacre en Columbine es una referencia que no puede perderse de vista a la hora de juzgar Fahrenheit 9/11. Apoyada como aquella por numerosos documentos visuales y evidencia contundente de la responsabilidad de la administración Bush en hechos con implicaciones criminales, esta cinta tiene una extraña fragilidad sólo explicable por su carácter de propaganda política más que de documental.

Sin duda, más allá de cualquier consideración que pueda hacerse de ella en el plano artístico, la película debe ser vista como un testimonio valioso para entender el mundo posterior a los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 y como poseedora de una secuencia memorable en la que se ve a George W. Bush, con la mirada perdida, sentado en un pupitre de una primaria de Florida, mientras es informado que un segundo vuelo se ha impactado en la torre sur del World Trade Center; siete minutos de absoluto vacío de poder.

No obstante, el trabajo se remonta un poco más atrás. Muestra el triunfo electoral de Bush, en uno de los episodios más vergonzosos de la historia moderna de Estados Unidos, la manipulación del padrón electoral en Florida y la complicidad de los miembros de la Corte en la calificación del proceso.

Luego de repasar el episodio de la caída de las Torres Gemelas, el realizador, Michael Moore, exhibe varios de los negocios de la familia Bin Laden con empresas vinculadas con los Bush. Finalmente, están las contradicciones y los endebles argumentos empleados para iniciar la ocupación militar de Irak y los intereses detrás de la guerra, retomando la premisa de Masacre en Columbine: el control a través del miedo.

Vale decir que mientras Moore deja que las imágenes y la música hablen, su filme es inteligente y poderoso; hace un registro puntual de los hechos y se limita a narrar con un gran sentido del humor. Sin embargo, la segunda parte es menos sólida, debido a que el director especula y pone en pantalla opiniones más que realidades, lo cual rebaja el discurso hasta volverlo demagógico.

Vuelvo a Masacre en Columbine porque a diferencia de aquélla, que podía leerse como una crítica abarcadora del pueblo estadounidense, en la que ningún individuo quedaba exento de responsabilidad en la construcción de una cultura llena de desconfianza y crímenes de odio, Fahrenheit 9/11 fue puesta al servicio de una causa política: el ataque a la administración Bush para impedir su reelección en 2004.

Moore retoma los momentos más bochornosos del primer periodo de Bush en la Casa Blanca, pero editorializa en demasía. Sus reflexiones en el guión acerca de las muertes de jóvenes estadounidenses en Irak y el reclutamiento masivo en los barrios pobres tiene momentos brillantes (“una sociedad jerárquica sólo es posible sobre la base de la pobreza y la ignorancia”), pero esa fuerza se pierde cuando toma un camión de helados y usa un altavoz para leerle a los congresistas el Acta Patriótica que permite la intervención de la privacidad de los ciudadanos de EU, al tiempo que persigue a estos mismos para exigirles que envíen a sus hijos a combatir a Medio Oriente.

Si la parte final del filme se salva es gracias a Lila Lipscomb, un ama de casa de Flint, Michigan (pueblo nativo de Moore), una fiel defensora de la intervención en Irak... hasta que su hijo muere en combate. Su relato es desgarrador, no sólo recuerda el momento en que se entera de la muerte, sino que comparte la última carta donde éste se expresa furioso de la ineptitud del presidente Bush. La frase se queda en el aire: “Los padres no deberían sepultar a sus hijos”, dice la mujer.

El objetivo de Fahrenheit 9/11 al final no se cumplió; George W. Bush fue reelecto para un segundo periodo y Michael Moore fracasó en ese sentido; su soberbia fue tan grande que llegó a pensar que su trabajo podría influir en el resultado de una elección y se equivocó. De hecho, republicanos aterrados con el éxito del filme elaboraron una respuesta titulada Celsius 41,11, en referencia a la temperatura a la que, según sus autores, el cerebro humano comienza a morir a causa del calor.

Pese a todo sería injusto hablar de una mala película; todo lo contrario. Fahrenheit es un testimonio de nuestro tiempo, el trabajo de investigación detrás es admirable y el montaje en su conjunto es una muestra indudable de talento. Demagógica y manipuladora por momentos, quizás, pero indispensable y por mucho.