El cineasta, escritor, director de teatro y actor de teatro chileno Alejandro Jodorowsky se ha definido a sí mismo no como un artista ni como un místico, sino como alguien a quien le gusta jugar. Sin embargo, muchas personas lo consideran hoy un gurú, le profesan admiración e incluso se declaran sus fans.
Tras realizar varias puestas en escena en la década de los sesenta y llamar con ellas la atención en México, el director realizó su primera película en 1967. Fando y Lis fue una adaptación libre de una de las obras de teatro realizadas con anterioridad por su compañía. El guión de la cinta constaba de una sola hoja, más algunos recuerdos del argumento que el director tenía en su memoria. A partir de ese largometraje el público comenzó a considerar a Jodorowsky un director de culto.
Fando y Lis se exhibió por primera vez hace cuarenta años en la Reseña de Acapulco, un festival de cine que ya no existe. Su proyección suscitó un escándalo dadas sus imágenes abyectas. Se dice que, tras ver la cinta, Emilio El Indio Fernández amenazó con matar a Jodorowski.
A la luz de los años, el rechazo hacia la película en su tiempo es comprensible si se toma en cuenta que en 1967 se filmaban películas como Corona de lágrimas, Corazón salvaje y María Isabel, por ejemplo. En México, una cinta con las imágenes surrealistas y extravagantes que ostentaba Fando y Lis era todavía una rareza.
No se trata de una historia lineal. En concreto, es la historia de una pareja joven, Fando y Lis, que emprende un viaje en busca de la ciudad de Tar, un supuesto lugar de plenitud y felicidad. Ella (Diana Mariscal), paralítica, es transportada en un carrito por Fando (Sergio Kleiner). En su ruta a lo largo de un páramo post-atómico, la pareja encuentra varios personajes extraños, situaciones aberrantes e incomprensibles.
En una secuencia, una abuela que juega al póker con otras mujeres de su edad, le da a comer duraznos en almíbar a un bigotón gordo y desnudo que yace recostado en un camastro. Después lo besa mientras el zumbido de un mosco gigante se escucha con intensidad. Fando, que aparece caminando por ahí, es atacado a duraznazos por las ancianas antes de encontrarse con un grupo de mujeres que le arrojan sandías como bolas de boliche. Esto ocurre en pleno desierto.
Otras imágenes del mismo tipo son: un pianista que toca un piano que se incendia en medio de dos montones de escombros; un hombre vestido de obispo que besa en los pechos a una mujer embarazada y desnuda; o la propia protagonista en calzones recostada sobre una pila de cráneos de res. ¿Qué quiere decir cada una de estas escenas? Cada quién puede decidir lo que se le antoje.
A primera impresión parece una serie de viñetas inconexas, aunque uno bien puede tomarse la libertad de ligar las escenas en una historia más o menos racional que abarca los recuerdos infantiles de los protagonistas, sus atormentados paseos mentales o deseos.
La película está filmada en blanco y negro y es surrealista a su modo, pues desarrolla pretendidas metáforas y alegorías sobre las relaciones neuróticas y sadomasoquistas entre hombre y mujer. Él la tortura físicamente, la arrastra sobre el suelo pedregoso y la ofrece encadenada y desnuda para el deleite de tres catrines (uno de ellos el escritor Juan José Arreola), mientras ella le perdona todas sus crueldades.
Claro está, que aunque las imágenes siguen pareciendo ocurrentes, han dejado de ser perturbadoras. A nadie impacta ya ver a una pareja subiéndose en las tumbas para posar de manera juguetona o mirar a un grupo de travestis bailando. Habrá que imaginar lo que pensó la gente que abarrotó las salas cuando la película se estrenó comercialmente en 1972.
Fando y Lis es absurda como un sueño, en todo caso, el mérito del director fue expresar con absoluta libertad los disparates anidados en su cabeza. |