Me asombra la pusilanimidad con la que se ha conducido la prensa mexicana frente a una película tan mediocre como Guadalupe, como si el simple hecho de hablar de un icono religioso la envolviera en un halo de santidad y la convirtiera en algo intocable y casi sagrado.
Y no podía ser de otro modo. La cinta contó con la bendición de la Iglesia Católica y, más importante aun, la de las empresas más poderosas del país (Jumex, Telmex, Cervecería Modelo y Grupo Maseca, entre otras).
Aburrida y predecible como misa de doce, esta cinta del ecuatoriano Santiago Parra se dedica a darle por su lado a ese sector de la sociedad tan acostumbrado a llamarle fe a las supercherías; Guadalupe es en exceso sumisa, incapaz de cuestionar un solo detalle de la historicidad del indio Juan Diego o del pretendido milagro.
Su historia nos presenta a dos supuestos arqueólogos españoles, invitados a México a investigar los misterios en torno al culto del Tepeyac. Por supuesto, la exhaustiva investigación llega hasta donde las dudas razonables comienzan; el celo científico de José María, uno de estos grises investigadores, le da apenas para medio hojear el Nican Mopohua y rodearse de un montón de ignorantes que hablan de oídas sobre mitos divulgados en programas de televisión que lo mismo hablan de ovnis y de fantasmas que de las pruebas hechas por la NASA al ayate de Juan Diego.
Eso sí, sobran los clichés. Tonterías del calibre de que “en México no todos somos católicos, pero todos somos guadalupanos” son enunciadas con una impunidad pasmosa. No hay escena en la que no aparezca un mexican curious perfectamente peinado para los turistas: piñatas, fuegos pirotécnicos, aguas de horchata, voladores de Papantla, peregrinaciones con niños ataviados de manta, huehuenches, chinampas de Xochimilco... nomás les faltó una pulquería con borrachos tirados a la entrada.
Pero ni una sola referencia a trabajos serios.
Decir que los pigmentos con que se pintó la imagen no son de este mundo, es fácil cuando no hay nadie que se exprese en contrario. Trabajos fundamentales como Destierro de sombras, de Edmundo O'Gorman; La Virgen de Guadalupe, imagen y tradición, de David A. Brading, y Juan Diego y las apariciones del Tepeyac, de Joaquín García Icazbalceta, que podrían aportar valiosos datos al respecto, son convenientemente excluidos en beneficio del clientelismo religioso.
Así pues, seguimos empantanados en el guadalupanismo de liturgia, milagrero y poco transformador; guadalupanismo que se blinda contra cualquier evidencia histórica o científica, pero sin los argumentos necesarios para convertirse en una convicción.
Guadalupe exalta la religiosidad del que se hiere caminando de rodillas para postrarse frente a una pintura humana, pero pone un cartel en la puerta para decirle a los demás que no son bienvenidos: “Este hogar es católico, no aceptamos propaganda protestante ni de otras sectas. ¡Viva Cristo Rey!, ¡Viva la Virgen de Guadalupe, madre de Dios!”.
La película es una lástima, aunque los medios prefieran hacerse al loco para no ofender a los empresarios impulsores de valores guadalupanos en forma de bodrios cinematográficos. En fin, para como están las cosas, el peregrinaje a las salas de cine seguramente servirá para acumular las indulgencias de un domingo en la Iglesia. Saliendo de ahí, ¡a linchar protestantes y descreídos! |