Hay una escena que pinta a la perfección la clase de película que es El juego perfecto. En ella, los jugadores del equipo infantil de beisbol que representa a Monterrey en la Serie Mundial de Ligas Menores, en suelo estadounidense, se niegan a salir a la cancha en tanto no haya un sacerdote que les dé la bendición. Dispuestos a perder por default, su entrenador explica la situación a los jueces de cancha: "No razonan porque no han rezado".
Supuestamente inspirada en la hazaña de aquellos niños campeones de 1957 de la que surgió el semidocumental
Los pequeños gigantes (Hugo Butler, 1960), la cinta de William Dear prefiere cambiar los hechos, volver todo un ridículo cliché y menospreciar el enorme esfuerzo hecho por el coach y los muchachos, para reducirlo todo a un vulgar triunfo que al parecer habría sido imposible sin la intervención divina.
Los mexicanos humildes, pues, son presentados como ignorantes y supersticiosos; no son capaces de nada si no tienen una imagen de la guadalupana enfrente. De ahí, que el director y su guionista decidan encajar en la historia a un cura que se desvive por los chamacos y que para dormir les cuenta bonitas historias de Juan Diego.
El cuadro, por supuesto, tampoco estaría completo si no se incluyeran otros odiosos lugares comunes. A diferencia de la cinta de Butler, donde no faltaba la referencia a las bromas acerca de la estatura y complexión física de los peloteros mexicanos respecto de los chicos de los otros equipos, El juego perfecto toma el camino fácil y cobarde de sobreenfatizar el tema del racismo.
Como si el mundo fuera una novela maniquea en la que las personas pueder ser divididas en buenas y malas, los héroes de la historia son victimizados para generar una simpatía totalmente artificial. Los morenitos son humildes, devotos, tolerantes, pequeños pero con un gran corazón; en cambio, los blancos anglosajones son perversos, soberbios, miran a todos con desprecio.
Demasiado edulcorado, el filme no honra la hazaña (que no milagro) del equipo de Monterrey, y en cambio reproduce todos los estereotipos del mexican curious. Si bien es criticable la anacronía que implica escuchar una canción de Los Yónics en lo que se supone es 1957, resulta aún más chocante que el director y su equipo conciban que la música tontorrona de las caricaturas de Speedy González representa mínimamente a alguna región de México. En todo caso, les faltaron los indios vestidos de manta para lograr el cliché completo. |