The terminal (2004)
Estados Unidos
120 min.
Steven Spielberg
 
 
 
Andrew Niccol, Jeff
Nathanson, Sacha Gervasi
Janusz Kaminski
John Williams
Tom Hanks, Catherine Zeta-Jones, Chi McBride, Stanley Tucci, Zoe
Saldana, Diego Luna, Eddie Jones, Michael Nouri, Kumar Pallana,
Barry Shabaka Henley

 

Viktor Navorski (Tom Hanks) es un ciudadano de Krakosia (un pretendido país de Europa del Este), que realiza un viaje a Estados Unidos para cumplir la promesa hecha a un ser querido, la cual guarda en una vieja lata de cacahuates.

Durante su vuelo a América, su país sufre un golpe de Estado que lo sume en una guerra fratricida; la ausencia de poderes deja, en consecuencia, a los viajantes de aquel país en una especie de limbo diplomático, ante la imposibilidad de EU para recibir pasaportes o extender visas a ciudadanos de una nación cuyo gobierno no ha sido reconocido.

En consecuencia, Navorski no puede ingresar a territorio norteamericano ni volver a su país, así que queda en libertad de ir a donde quiera, siempre que sea dentro de la sala de tránsito internacional del aeropuerto de la ciudad de Nueva York.

Ése es a grandes rasgos el planteamiento de La Terminal, una historia basada en el caso del iraní Merhan Karimi Nasseri, un hombre que vive desde 1988 en el aeropuerto Charles de Gaulle, de París, luego de que le impidieran viajar a Londres por carecer de pasaporte, y que al paso de los años ha limitado su mundo a aquella terminal, pues aunque puede trasladarse a otro lugar, simplemente no le da la gana hacerlo.

La Terminal es una cinta que funciona, divertida e incluso bella por momentos. Viktor Navorski es sin duda un personaje más complejo que el iraní Nasseri, aunque haya sido sacado de un cuento. Hanks y el reparto alrededor suyo se ven cómodos y divertidos en el foro, a un grado tal que el mismo director se nota tolerante y comprensivo con varios errores.

Viktor es en cierto modo el pretexto desde el que se cuentan otras historias cuyo común denominador es la espera. “Todos esperan algo”, se dice en algún momento de la película, y ahí están: un trabajador de limpieza que ha pasado 21 años lejos de su lugar de origen; una oficial de migración que se sabe amada por alguien a quien no conoce; el encargado de la seguridad del aeropuerto que aguarda por años la oportunidad de un ascenso; el responsable de la comida en los vuelos, quien se enamora irremediablemente de una gruñona empleada de seguridad; el mismo Navorski que espera sin remedio el momento para dejar salir una promesa y una pieza de jazz de una vieja lata de cacahuates... todo es una reiteración o quizás un recordatorio de esa espera inherente a todos por la vuelta de la gente querida, por el reconocimiento profesional, por el regreso a la patria, por cerrar un ciclo en la vida, por encontrar el coraje para cambiar la misma.

No obstante, entre todos estos cientos de pequeñas vidas que se nos cruzan en el escenario de la terminal está Amelia (Catherine Zeta-Jones), una aeromoza de United Airlines cuya historia tiene un toque triste, pese al tono del filme. Amelia es una mujer hermosa, de 37 años, involucrada con un hombre casado, que vive en hoteles y que siempre tiene hecha la maleta para cuando él quiera verla, siempre a la espera de que llegue “ esa llamada” sin importar que hayan pasado siete años así.

Catherine Zeta-Jones y Tom Hanks se roban los mejores momentos de la película; sus diálogos están construidos con acierto, cuidado e ingenio; sus conversaciones acerca de la vida de Napoleón, su ego, sus problemas de la vista, los regalos que éste dio a Josefina tras cada una de sus victorias, tienen chispa, vida propia, y dan sentido a buena parte del relato.

De hecho, cuando Amelia se cuestiona su empeño por una relación de siete años que no parece ir a ningún lado, Viktor insinúa que, como Napoleón, quizás ella sólo tenga un problema de vista que la hace fijarse en hombres equivocados.

El tiempo, los días y las semanas, se convierten de pronto en nueve meses. Steven Spielberg se apresura a contarnos la siguiente parte, pero nos deja la sensación de que nos hemos perdido algo de su historia: en qué momento aquel encuentro entre Amelia y Viktor se convierte en una historia de amor.

De hecho, aunque se dan por sentadas muchas cosas, la pequeña historia en que participan Diego Luna y una agente de migración un tanto rezongona, resulta mucho más lograda, pese a tratarse de personajes secundarios.

Dentro de ese catálogo de elementos fuera de lugar está el de un empleado de limpieza que da citas para revisar su basura, y el del turista que acude a una cita de éstas, varios días después, para ver si sigue ahí algo que ha perdido.

Si bien aún se notan los esfuerzos de Spielberg por ser políticamente correcto en sus trabajos, al convocar a un elenco multirracial; afortunadamente La Terminal no es un manifiesto que intente reivindicar causa alguna. Los fallos no son fatales; la música de John Williams y el trabajo de ambientación dejan un muy buen sabor; las actuaciones son notables; Hanks es un tipo con un don como actor; Catherine Zeta-Jones es quizás la belleza que más brilla en el cine de Hollywood, mientras que Stanley Tucci es un digno antagonista de un cuento básicamente bien contado.

La Terminal alcanza momentos verdaderamente brillantes; no es el mejor trabajo de Spielberg, pero eso tampoco importa mucho. Su película vale la pena porque las pequeñas historias que la conforman valen la pena, porque el mismo realizador parece haberse descalzado de su nombre, eternamente escrito en mayúsculas, para narrar algo sencillo, en un tono cálido y personal como para sentirse acompañado.