Alguna vez el poeta Oliverio Girondo definió esa sensación desoladora de sentirse golpeado por la desdicha como unas ganas inmensas de “llorar ante las puertas y los puertos... Abrir las canillas, las compuertas del llanto. Empaparnos el alma, la camiseta. Inundar las veredas y los paseos, y salvarnos, a nado, de nuestro llanto”.
En ese tono, Los Lunes al Sol del director español Fernando León Aranoa es una cinta impecable como retrato de la desdicha, de personajes destrozados que producen una tristeza que no puede sino sentirse como propia.
La secuencia inicial repasa el momento en que el astillero de una ciudad costera cierra sus puertas y liquida a sus trabajadores, quienes son lanzados al desempleo de una España que como muchos países vive la fantasía de una economía emergente.
Las primeras escenas marcan el sino de Santa (Javier Bardem), José (Luis Tosar), Lino (José Ángel Egido) y Amador (Celso Bugallo), hombres maduros que han quedado desempleados y que a dos años del cierre de su fuente de trabajo no pueden sino refugiarse en el bar de Rico (Joaquín Climent), techo bajo el cual se solidarizan y se conocen para hacer la crónica de su propia derrota, ante el empuje de las nuevas tecnologías y la incertidumbre de los contratos temporales.
Si bien la historia gira en torno a Santa, un cuarentón entrado en kilos y metido en un problema legal por romper una farola en forma de protesta, cada personaje resulta entrañable en sí mismo.
Amador toca fondo, vive en el abandono y la suciedad porque su mujer lo abandona. A José lo único que le queda es su esposa y ésta está a punto de irse. Con todo, la película no hace juicios, ni tiene compasión por nadie, cada situación transcurre a la misma velocidad que la vida.
De hecho, hay situaciones de un descaro que resultan conmovedoras, como aquella en que Santa se alquila por la noche para cuidar un niño de cuatro años en una casa de ricos, a la cual todos los amigos van invitados a ayudarle y a tomar whisky en pleno jardín junto a la alberca.
Este drama semiurbano, común en las sociedades en desarrollo, tiene sus mejores acentos en la expresividad actoral y la música. La película prueba que la solidez de un guión basta para dejar huella en el público; no hay efectos especiales, no hay movimientos de cámara singulares, pero hay actores consistentes y un director de premio.
Patético, conmovedor —quizás ambas—, vemos por ejemplo cómo los personajes van simplemente a sentarse a la orilla del muelle a mirar los cruceros, a hacerse ilusiones de una vida mejor en otro país, por ejemplo Australia.
En medio de aquello, con los ojos cerrados para que el sol no les dé de lleno en los ojos, alguien suelta una pregunta trivial: ¿Qué día es hoy? Resulta que es lunes; el inicio de una jornada semanal para miles, porque para ellos el lunes es simplemente un día más. |