Luz silenciosa no es cine de ese que pueda verse mucho en México. Llena de parsimonia, claramente cuidada en su propuesta visual y por demás sencilla en su historia, la cinta de Carlos Reygadas abre una posibilidad increíble a diferentes lecturas que no podrán escatimarle al menos el calificativo de bella.
Creyendo que le hacen un favor al autor y a su trabajo, los críticos se han metido a la horrenda labor de elaborar teorías sobre Luz silenciosa y las influencias de Reygadas, encontrando referencias a este o aquel otro director, a esta o aquella película, llenando páginas y páginas de discusiones que al público poco le importan.
Los méritos del director, perdónenme, no radican en parecerse a David Lynch, Lars Von Trier o Carl Theodor Dreyer —¿ya dije que los críticos que sienten estar por encima de cualquier cinta hacen encajar todo dentro de sus propias referencias?—. Yo empezaría por celebrar que como producción mexicana, Luz silenciosa haya eludido recetarnos otro catálogo de la jodidez nacional y a cambio nos entregue un conflicto de índole personal que ocurre en una comunidad desconocida, sin contradicciones nacidas de la diferencia de clases o estamentos.
La trama tiene lugar en una población menonita del norte de Chihuahua, donde Johan (Cornelio Wall), el padre de una familia de siete hijos, se debate entre continuar su vida con Esther (Miriam Toews), su esposa de toda la vida, y Marianne (María Pankratz), con quien sostiene una relación amorosa desde dos años atrás y quien además parece ser su “mujer natural”.
Regidos por un estricto código de valores que exige total sometimiento a la autoridad de la Biblia, el relato de Reygadas tiene entre sus virtudes no recurrir a la culpa ni al estigma social. Johan es llanamente un hombre con el corazón dividido, que ama a su esposa y a sus hijos con la misma intensidad con la que siente amar a Marianne.
Tal como sucedió en Japón y Batalla en el cielo, Luz silenciosa echa mano de personas del contexto particular en el que se desarrolla, sin vínculo alguno con la actuación, que recurren a emociones personales para interpretar sus papeles. Si algo agrega verosimilitud a la dinámica en pantalla es el acierto de rodar en plautdietsch, un dialecto alemán cercano al holandés medieval y al flamenco, propio de los menonitas. Y es que como el mismo Reygadas admite, la distancia con aquella lengua impide al público detectar matices en el tono y la intención que podrían restarle credibilidad. Así pues, el texto plano de los subtítulos se convierte en la vía para comprender las emociones verbalizadas.
Stellet licht no es la contemplación como curiosidad turística de una cultura desconocida. No es tampoco una provocación —no al menos en el sentido en que se le ha atribuido a su director de buscar agredir y causar un shock en el público—. Junto con su fotógrafo Alexis Zabé, Reygadas nos entrega un relato de imágenes, sonidos y silencios que nos manda a casa con el sentimiento de que uno acaba de ver el producto de un genio, o bien, de que ha sido engañado por un espectáculo de ilusión.
Creo que hay un poco de todo. La idea de morir de amor mientras se llora bajo la lluvia, el amanecer y el atardecer en esa región menonita de Chihuahua y la intervención de lo sobrenatural en una historia tan simple como fundacional, me parece suficiente para decir sí a esta película. Al Diablo los críticos y sus rollos. Qué güeva. |