Mejor es que Gabriela no se muera (2007)
México
99 min.
Sergio Umansky
 
Ricardo Hernández Anzola
Celiana Cárdenas
Renaud Barbier
Mauricio Isaac, Dagoberto Gama, Gabriela Roel, Miguel Pizarro, René Casados, Alejandra Barros, Eduardo Santamarina, Alexis Ayala, Julio Casado, David Ostrosky, Stephanie Salas, Laisha Wilkins, Roberto Malta

 

A diferencia de Un mundo raro (Armando Casas, 2001), que hacía de una anécdota sobre la inseguridad en la Ciudad de México una muy dura crítica al mundo de la televisión, Mejor es que Gabriela no se muera recorre una ruta similar, pero esta vez para poner el foco sobre los acomplejados que fungen como servidores públicos y los desequilibrados con uniforme y placa que asolan las calles.

Miguel (Mauricio Isaac), un guionista de televisión, es detenido una noche por un prepotente agente de tránsito (Dagoberto Gama) que decide dejarlo ir luego de enterarse de que su víctima es guionista de Destino de amor, la telenovela del momento. Lo único que el policía pide a cambio es un dato para poder contarlo a todos sus conocidos: qué sucede al final de la historia con Gabriela (Gabriela Roel), la villana del cuento.

De pronto, la actriz renuncia a la producción y el equipo de escritores no encuentra otra salida que la de matar al personaje dentro de la historia, pero el uniformado no está muy de acuerdo con que lo hagan ver como un embustero frente a sus conocidos. "Mejor es que Gabriela no se muera", es su recomendación al joven guionista.

A tres segundos de caer en el absurdo o de que el montaje se convierta en un teatro ridículo, el debutante Sergio Umansky mantiene el tono satírico, sin pretender tampoco hacer de su película un estudio sociológico. Repara, sí, en la forma en que el melodrama televisivo ha penetrado en los hogares y se ha incorporado casi a la vida de la gente, pero el centro es el pobre diablo, convertido por una pístola .9 milímetros en un semidiós capaz de decidir si alguien vive o muere.

Dagoberto Gama es el policía que todos llevamos en la memoria; es un cliché tanto como una imagen vigente del policía mexicano: ventrudo, impreparado, sinvergüenza. Fuera del suyo, sólo un personaje alcanza la categoría de verdadero esperpento, Abigail Jardín, la legendaria escritora de culebrones, que vive recluida en una mansión llena de gatos en Miami y que aparece durante el último tercio del filme en su advocación de René Casados.

Es cierto que Umansky no se toma en serio. No parece ser su intención menospreciar el género de la telenovela ni etiquetar a quien las consume, pero a final de cuentas deja ver cierta realidad sobre el fenómeno; el material que se graba en el set televisivo es aspiracional. Los personajes de Mejor es que Gabriela no se muera incorporan el lenguaje telenovelero a su vida diaria y sucede de la forma más natural. No es extraño —como dicen por ahí— que la gente imite "la sintaxis abigarrada del melodrama", que copie acentos y palabras.

Esta cinta es acaso una relajienta crítica a nuestras propias taras y al poder que conferimos a la tele para ponerle nombre a nuestros hijos. Y es que en el fondo, Güicho Domínguez pudo haber salido de entre nosotros.