Más allá de los premios Oscar que consiguió en 1997 en la categoría de mejor actor y mejor actriz protagónicos, esta película es sin duda uno de los trabajos más importantes de un año en que la mercadotecnia, el despliegue de recursos y 11 estatuillas no lograron hacer de Titanic un filme que unificara a la crítica ni al público.
Conocida apenas por su trabajo en la serie de comedia Mad about you, al lado del actor Paul Reiser —pese a tener una decena de películas detrás—, Mejor, imposible hizo nacer, de hecho, a Helen Hunt como actriz de cine. Si bien, tanto Hunt como el inefable Jack Nicholson lucen con méritos propios, ambos ponen de relieve el notable trabajo de Mark Andrus como un guionista talentoso, constantemente en el límite de lo políticamente incorrecto y del discurso meloso, logrando un equilibrio y una combinación envidiables entre ambos. Justo en el momento en que el relato parece conducir a la solemnidad, la falta de tacto y la insolencia de su protagonista recomponen el rumbo.
Nicholson encarna a Melvin Udall un maniático compulsivo que no sólo lleva cubiertos desechables al pub donde desayuna cada mañana y abomina el contacto físico, sino que se enorgullece de su homofobia y racismo. Udall aparece como autor de 61 novelas románticas (todas exitosas), pese a su inexistente contacto ya no digamos con el amor, sino con personajes de carne y hueso que en teoría protagonizan historias como las que pretende retratar en sus trabajos. De hecho, su “profundo conocimiento” de las mujeres en sus ficciones literarias está dada por dos premisas: “Pienso en un hombre; luego lo despojo de la razón y de todo sentido de responsabilidad”.
No obstante, una de sus constantes en la vida está dada por la presencia de Carol Conney (interpretada por Hunt), su eterna camarera y quizás la única persona que logra soportarlo. Es a través de Carol que el escritor se pone en contacto con problemas reales y se ve obligado a ceder, a tolerar, e incluso a dar.
Sin proponérselo, casi circunstancialmente, Melvin cambia las vidas de Carol y de su propio vecino, un artista afeminado, muy bien puesto por Greg Kinnear, al que el corrosivo Nicholson detesta, aunque es dueño del único ser vivo que no le repulsa: un pekinés maniático llamado Verdell.
La película resulta muy pareja, pero despuntan los momentos de Jack Nicholson, quien logra una actuación sumamente convincente cuando, en un esfuerzo por librar sus limitaciones, su falta de tacto y su agresividad, parece poner todo su empeño en ser un tipo agradable, aunque fracase una y otra vez.
Otra vez, el valor de una comedia de este tamaño, es su cierre formidable: una secuencia que tienes su desenlace en una calle enladrillada, por la madrugada, camino de una panadería, a la que le precede el diálogo entre la camarera y el escritor, las visiones de dos personas sobre una relación que parece destinada al fracaso y uno de los momentos más entrañables que puedan describirse. |
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