Guillermo del Toro ha escarbado entre sus recuerdos hasta llegar a 1973. Entonces tenía nueve años y en televisión se estrenaba Don't Be Afraid of the Dark, una cinta de suspenso con elementos sobrenaturales y criaturas monstruosas de las que luego alimentaría su filmografía.
Del Toro tomó el guión de aquel telefilme y con la ayuda de Matthew Robbins le ha entregado al director Troy Nixey una versión actual, renovada que funciona como una pieza de veras digna de despertar terrores nocturnos, bien lograda en lo visual y, por mucho, en lo actoral.
Aunque respeta las premisas de la cinta original, No temas a la oscuridad nos es contada desde la perspectiva de Sally (Bailee Madison), la pequeña hija de una pareja divorciada que va a vivir un tiempo con su padre (Guy Pearce) y su nueva pareja (Katie Holmes), quienes trabajan en la restauración de una vieja casa que habrán de vender después.
El realizador se luce como conocedor del género, pues logra que la tensión se incremente gradualmente, apelando al miedo más elemental y sin recurrir a los fáciles golpes de efecto o los acentos sonoros. La curiosidad infantil de Sally la hace descubrir un sótano oculto y una chimenea clausurada donde viven seres de los que se ha escuchado en leyendas y cuentos infantiles, sólo que con una cara menos amable.
De la mano de una banda sonora que logra —como pocas veces— acompañar y enriquecer las escenas, la segunda mitad del largometraje remite frecuentemente a El ojo del gato (1985), película basada en tres relatos de Stephen King, donde la pequeña del cuento es acosada por presencias extrañas que habitan la casa, mientras los adultos asumen que sólo pretende llamar la atención.
El filme está lleno de referentes que le son propios al mexicano Guillermo del Toro, incluido su bestiario fantástico, pero esta vez hay que reconocerle un mayor mérito al debutante Troy Nixey quien dirige por instructivo, poniendo cada pieza en el lugar debido para lograr el efecto deseado. Miedo para llevar a casa. |