Si de entrada el título Red social deja claro el fenómeno del cual se ocupa la cinta de David Fincher, la frase que acompaña la publicidad del filme explica mucho más los aspectos en los cuales la historia encuentra su interés: "No haces 500 millones de amigos sin ganarte algunos enemigos".
Desde los primeros minutos, Mark Zuckerberg (Jesse Eisenberg), fundador de Facebook, aparece sentado junto a sus abogados, de cara a antiguos socios y amigos que se dicen traicionados y a los cuales enfrenta en demandas millonarias por separado. Mientras Cameron y Tyler Winklevoss acusan a Zuckerberg de robar su idea de una red social para estudiantes de la Universidad de Harvard, Eduardo Saverin reclama haber sido desplazado de manera desleal de la empresa que ayudó a crear.
Con numerosas licencias respecto de algunos acontecimientos reales, el relato vuelve en el tiempo para mostrar momentos definitivos en el crecimiento y desarrollo de Facebook, exhibiendo sin complacencias la falta de visión de algunos de los fundadores, en comparación con el genio nato de otros, pero también la falta de ética y la alevosía con la que estos últimos actuaron para controlar un negocio hoy valuado en 25 mil millones de dólares.
Sin embargo, Red social no es una cinta sobre la construcción de un emporio y una fortuna, la tragedia clásica del hombre que conquista el mundo, pero pierde su alma, como se ha dicho de ella al compararla con Ciudadano Kane; ni siquiera es la historia del hombre que, como Howard Hughes, estaba dispuesto a gastarlo todo en perseguir obsesiones.
El filme de Fincher aspira a ser testimonio de una generación que vio el surgimiento de una elite puntocom, brillante y reputada en el mundo virtual (pero mezquina como cualquiera), cuyo mayor satisfactor es el reconocimiento unánime por haber creado algo absolutamente genial: una red social que conecta a millones de personas en el mundo, en la que las relaciones reales son prescindibles y en la que todos pueden proyectar una mejor imagen de lo que son.
He ahí el mayor logro del director y del guionista Aaron Sorkin, quien ha compuesto una de las mejores piezas en mucho tiempo. Cada personaje en la película —y aquí aludo a Peter Travers, crítico de cine de Rolling Stone— está construido con el detalle y las cualidades que harían interesante para seguir cualquier perfil de Facebook.
Pese a que mantiene el ritmo y el interés, merced a sus agudos diálogos y el nivel que lucen sus actores, sin excepción, queda la duda acerca de si esta película puede decirle algo a un público ajeno a la intrusión de las redes sociales en la vida diaria. Es posible que una película que incluso plantea la paradoja de la soledad en una plataforma diseñada para hacer amigos, se torne un poco árida para quienes no viven en ella.
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