Durante cerca de 25 minutos, Sólo los niños van al cielo nos muestra la naciente relación entre Paco (Sergi López), un inmigrante de origen español, y Katia (Alexandra Lamy), madre soltera de una niña de siete años y obrera de una fábrica de químicos, quienes después de conocerse y salir, deciden vivir juntos. El mayor conflicto en este contexto doméstico es la resistencia de la pequeña para aceptar al nuevo novio de su madre. No obstante, la película da un vuelco a partir de un hecho más o menos común (el embarazo de ella) que se convierte en un acontecimiento maravilloso. El relato realista que François Ozon parece elaborar sobre esta gente de clase trabajadora, siempre corta de dinero y condenada a los pequeños espacios de la vivienda de interés social, se ve trastocado por la irrupción de un elemento fantástico.
La cinta recuerda muy claramente una producción española llamada Tobi, el niño con alas (Antonio Mercero, 1978), sumamente crítica del conservadurismo heredado por el franquismo, con sus prejuicios y miedo a lo diferente. Sin embargo, la intención de Ozon parece ser la de mostrar el impacto de un evento auténticamente milagroso en la cotidianidad del mundo de hoy y empujar al público a llenar los huecos que deja la historia y aportar las explicaciones que faltan.
Más que proponer ideas políticamente correctas sobre aceptación y diversidad, Sólo los niños van al cielo habla sobre lo efímero de lo increíble y sobre esa atrofiada capacidad de sorpresa en la gente que parece venir emparejada con la creciente necesidad de nuevos freaks para sostener los ratings televisivos nocturnos. De ahí las escenas en las que el director nos muestra a decenas de periodistas y presentadores de televisión agolpados afuera de un hospital o a las puertas de un domicilio para tener la primicia de un bebé con alas, en contraste con su absoluta indiferencia cuando, lograda la imagen del fenómeno, lo ven irse volando pequeño e indefenso, sin rumbo fijo. Como si no se tratara de una gran tragedia. |