Leap of faith (1992)
Richard Pearce
Janus Cercone
Matthew Leonetti
Cliff Eidelman
Estados Unidos
108 mins.

 
 
 

Conocida en español con ambos títulos, Leap of faith, representa uno de los trabajos actorales más interesantes de Steve Martin, demasiado encasillado —y desperdiciado— en comedias de situación de corte familiar, sin importar lo afortunadas que éstas puedan ser.

Sin abandonar la comedia, Martin personifica a Jonas Nightingale, un ex convicto, transformado en una suerte de predicador itinerante, que va de ciudad en ciudad, sangrando a sus habitantes y llevando un evangelio de prosperidad material y sanaciones inducidas.

A la manera de varios conocidos teleevangelistas norteamericanos, Nightingale es un auténtico showman amparado en la libertad de cultos y soportado por un aparato humano perfectamente dirigido, un eficaz equipo de luz y sonido y una coreografía que completa el espectáculo.

No hay nada fuera de programa, todo está calculado en su ministerio ambulante, excepto la avería de uno de sus múltiples camiones, con toneladas de equipo, en el empobrecido pueblo de Rustwater, Kansas, cuyos residentes están a la espera de un milagro, abiertos y receptivos a quien esté en posibilidad de ofrecérselos.

El alcalde de la comunidad, Will Braverman (Liam Neeson), sabe de la miseria en que se encuentra gran parte de las familias. “El pueblo no puede pagar un reavivamiento de la fe”, explica, así que su trabajo y sus esfuerzos se enfocan de tiempo completo, en exhibir el fraude detrás del ministerio de Nightingale y en desacreditar sus milagros. En su enfrentamiento, Will y Jonas pierden de vista la diferencia entre las maravillas de humo y espejos, que forman parte del espectáculo, y las “piezas auténticas” de fe.

Sin ser un filme en el que sobresalgan la dirección o los aspectos técnicos, Salto de fe o El circo de la fe es una historia pequeña, bien contada, con un trabajo sobresaliente de Steve Martin, bien metido en el estilo de los merolicos que ofertan experiencias místicas como revivals y cuentas de vidrio como prodigios.

Si bien el director introduce una sutil crítica contra todo esto, su cinta entiende el lugar que ocupa la fe. Pearce parece creer en otro tipo de "milagros" que no se dan en los servicios religiosos, pero que operan en las comunidades lastimadas y en las personas, sin aspavientos.

 
 
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