Santo contra la invasión de los marcianos (1967)
México
91 min.
Alfredo B. Crevenna
 
 
 
Rafael García Travesi
Jorge Stahl Jr.
Antonio Díaz Conde
Santo el Enmascarado de Plata,
Wolf Ruvinskis, El Nazi, Ham Lee, Beny Galán, Maura Monti,
Manuel Zozaya, Belinda Corel

 
Juan Carlos Romero Puga

“De ahora en adelante hablaremos en español, que es el idioma usado en el país a donde nos han destinado y que los terrícolas llaman México”, dice muy serio Argos (Wolf Ruvinskis), en una frase que ni mandada a hacer hubiese podido quedar mejor como arranque de Santo contra la invasión de los marcianos.

Y es que dirigidos por este Argos, una docena de habitantes del planeta rojo llega a la Tierra en una misión básicamente noble: convencer a la humanidad de llevar a cabo un desarme nuclear. Lo paradójico es que estos bienintencionados extraterrestres pretenden imponer la paz y la fraternidad por medio del terror y de la fuerza. Su lógica es sencilla: o se vuelven pacíficos o nos los fregamos.

No obstante, tras intervenir las señales de televisión para difundir su ultimátum, su primera aparición no es tomada en serio por nadie —sobre todo si tomamos en cuenta que para aparecer a cuadro interrumpen a un cantante de ranchero—, de modo que deciden hacer algo que inspire mayor temor entre los humanos.

Así, tres marcianos se materializan en los campos de tierra de la Ciudad Deportiva donde desintegran a varios cientos de personas, mientras Santo el Enmascarado de Plata da clases de lucha un grupo de niños, a los que protege, peleando cuerpo a cuerpo contra el trío de extraterrestres que serían invencibles a no ser porque el aire de la Tierra les resulta venenoso y deben tomar cápsulas de un compuesto que les permite sobrevivir aquí.

Los visitantes de sexo masculino son hombres musculosos, atléticos y llevan siempre el torso desnudo. Las féminas son guapas, grandotas, seductoras y llevan —convenientemente— escote y minifalda, lo que más tarde les permite hacer un numerito de baile horrendo, vestidas como rumberas, frente a un grupo de borrachos distinguidos.

No obstante, los marcianos tienen un mal gusto verdaderamente notable, pues se dedican a secuestrar a un montón de gente ordinaria que no parece ser más útil que un policía feo. Su ignorancia llega a límites tales que abducen a un tal “padre Lorenzo”, un sacerdote de parroquia pobre, como si fuera el mayor teólogo sobre la faz de la Tierra.

Desgraciadamente, a la mitad de la película al jefe se le olvida a qué vinieron y se obsesiona con llevarse al Santo y a un amigo suyo, el profesor Ordorica, que resulta ser una eminencia científica. Según se infiere de las palabras de Argos, ambos personajes podrían ser utilizados en Marte como una especie de sementales para crear una nueva raza de guerreros súper inteligentes.

Es curioso ver cómo en esta cinta rodada en 1967 no aparece un solo representante del gobierno para hacer frente a la amenaza. El presidente, su gabinete, el ejército y ya no digamos la policía, brillan por su ausencia, aunque el país vivía la época más oscura del diazordacismo .

El caso es que como dice el escritor mexicano Juan Villoro en una de sus tantas crónicas, tras repasar todas las derrotas de México, uno se queda con la idea de que merecemos ser conquistados sin derramamiento de sangre; “un país que se queda sin parque en los momentos decisivos despierta la simpatía del cosmos. Además estamos tan ocupados mirándonos el ombligo que nunca nos metemos con nadie; nuestra agresión al mundo exterior no pasa de unos cien chistes sobre argentinos”.

Más allá de cómo termina el filme, lo increíble de todo esto es que uno no puede negar su esencia. Hoy la piratería es una práctica extendida; sin embargo, desde Santo contra la invasión de los marcianos los mexicanos ya le entrábamos sin pena a eso de tomar prestado. El cartel del filme era apenas una leve variante del de Robinson Crusoe on Mars, una película estadounidense de 1964, dirigida por Byron Haskin

Películas como éstas merecerían que los productores murieran lapidados; sin embargo, son un fenómeno. Hace unos años, cuando éramos niños y veíamos estas cosas, todos corríamos a ponernos una horrorosa imitación de la máscara plateada del Santo, nos amarrábamos una toalla en el cuello y nos subíamos a la cama más grande de la casa a jugar a las luchas.

Nostalgia pura.