En el punto climático de Secretos de familia, la más reciente cinta del director de películas cristianas Paco del Toro, Paulina (Vanessa Ciangherotti) camina por los pasillos y las áreas comunes de una escuela primaria hasta lograr penetrar en un salón de clases donde finalmente apunta con un arma de fuego al hombre que abusó sexualmente de ella cuando era niña. En el momento en que amartilla la pistola, Dios desciende del cielo como un haz de luz para posarse sobre su cabeza y devolverle la paz, luego de lo cual deja de apuntar y perdona a su victimario. Risas opcionales. Es probable que en toda la historia del cine mexicano no exista un ejemplo tan claro, tan descorazonadoramente elemental de lo que en el teatro griego se conocía como Deus ex Machina; es decir, ese recurso que consiste en introducir una fuerza sobrenatural, casi un elemento mágico, que contra toda lógica y traicionando todo conflicto planteado, resuelva la situación con el único objetico de producir un final feliz tan barato como inverosímil.
Y no es que Paco del Toro se proponga faltarle el respeto a la inteligencia de la gente. Pasa que sus películas necesitan un instructivo que aclaren que lo suyo es propaganda cristiana, que no importa la temática que se trate, el énfasis siempre estará puesto en situaciones idealizadas en las que el protagonista es persuadido de cambiar su vida para volverse un cristiano renacido.
De ahí que pese a todas sus buenas intenciones y su ánimo evangelizador, Secretos de familia sea tan brutalmente aburrida, exhiba inconsistencias demasiado evidentes en su historia principal y funcione sólo en escasos momentos en los que se desarrolla una historia paralela en la que el elemento religioso y militante está ausente.
El conflicto carece de lógica. La protagonista, Paulina, nos es presentada como una madre de familia, esposa y profesionista realizada, con un hogar en el que la dinámica familiar consiste en decirse ternezas unos a otros todo el tiempo. De pronto, luego de ver una fotografía de su niñez que le recuerda haber sido abusada por su tío a temprana edad, la mujer se convierte en un alma atormentada que comienza una carrera alcohólica y que intenta quitarse la vida, cortándose las venas. Es imposible ver la justificación en lo planteado por Del Toro; no se explica suficientemente el que una mujer funcional y adaptada, después de más de 20 años de haber sido violentada se muestre tan perturbada y llegue a un intento de suicidio por un flashback emocional. No hay lógica interna en ello y la situación termina por parecer totalmente artificiosa.
En su intención de privilegiar la agenda y el mensaje evangélico del director, Secretos de familia envía además mensajes peligrosamente ambiguos, susceptibles de ser controvertidos por la seriedad de lo que parecen decir. Por un lado, nos muestra a un violador de menores que tras ser denunciado queda libre en cuestión de horas; por el otro, propone que el perdón al abusador es lo único que puede cerrar la herida abierta y acabar con el rencor.
Bajo esta óptica, hay que decir que la cinta de Paco del Toro presenta una visión demasiado superficial del problema. Es evidente que su tratamiento es más intuitivo que informado y teniendo en mente a las congregaciones evangélicas donde se encuentra su verdadero público objetivo, hubiera sido mucho más útil presentar una posición sobre lo que debe hacerse cuando el agresor resulta ser un ministro religioso.
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