Syriana es una cinta tan densa y compleja como interesante. Para llevarla a cabo, Steven Soderbergh y George Clooney, tomaron la decisión más lógica: entregarle por completo el proyecto a Stephen Gaghan, quien ya había llevado a buen puerto una fórmula similar al escribir el guión de Traffic.
Sólo que esta vez, el propio Gaghan decidió llevar el experimento un poco más lejos, asumiendo el control creativo y cambiando el mundo del narcotráfico y el consumo de drogas por la ambición, los intereses y las intrigas detrás del negocio del petróleo.
El relato va hilándose gracias a la presentación alternada de pasajes sobre la vida de personajes a quienes el tema afecta de manera frontal y tangencial, y que componen tres ejes identificables sobre los cuales se monta el resto —de ahí lo numeroso del reparto—, aunque con una premisa: todo está conectado.
Los papeles centrales están bien trazados, resultan completos y están dotados de complejidad, de modo que no hay respuestas simples a los cuestionamientos que cada uno plantea.
George Clooney interpreta a Bob Barnes, un agente de la CIA que cree en su país y que justo cuando toma la decisión de retirarse para poder dedicarse a reconstruir la relación con su esposa e hijo, recibe la misión de viajar a Medio Oriente para eliminar a un príncipe árabe, desafecto de los intereses norteamericanos.
En otro lado de ese mismo mundo está Bryan Woodman (Matt Damon), un consejero financiero que empieza a ver desmoronada su vida, su matrimonio, su ética y sus valores a raíz de la muerte de su pequeño hijo, y Bennett Holiday (Jeffrey Wright), un joven abogado que investiga la legalidad de la fusión entre dos grandes consorcios petroleros, pero que termina ahogado en un juego mucho más grande que él.
Pese a que Gaghan sí es enfático en mostrar la implacable voluntad estadounidense por controlar los yacimientos más importantes, a cualquier precio, su historia no muestra necesariamente un mundo polarizado con personajes buenos y malos, no hay conceptos correctos o incorrectos.
Quizás hay un aspecto que el director sí ve con cierta ingenuidad, si no es que con cierto romanticismo: el caso de los trabajadores inmigrantes de los campos de energía, cuyas vidas se ven afectadas de manera drástica una vez que los yacimientos en los que trabajan pasan a manos de una empresa distinta y que son acogidos en una madraza, donde son tratados con dignidad en un mundo desapacible y hostil y donde son presa fácil de la seducción de los grupos terroristas.
Sin embargo, hasta personajes como el príncipe Nasir, un miembro de la realeza de un ficticio emirato árabe (por cierto, muy bien interpretado por Alexander Siddig), aparentemente con muy buenas intenciones, tienen relaciones que no los dejan exentos de pecados.
Curiosamente, la complejidad de Syriana es su mejor y su peor carta. Gaghan exige toda la atención de su espectador, de modo que aquellos que no pueden seguirle el paso, terminan abandonándose apáticamente a la simple espera del final.
Poniendo de lado ese detalle, puede decirse que estamos ante un cine más comedido con el espectador que espera por algo más. Aquí no hay sólo un gran esfuerzo por incorporar en una sola obra una problemática de alcance global a través de las vivencias comunes de sus personajes. También hay talento, y mucho. |