Mark Spragg y Virginia Korus Spragg
Oliver Stapleton
Christopher Young
Robert Redford, Jennifer Lopez, Morgan Freeman, Josh Lucas, Damian Lewis, Camryn Manheim, Becca Gardner

 
 
 
An unfinished life (2005)
 
Estados Unidos
 
107 min.
Lasse Hallström
 

 

Hace algunos años, cuando vi Bajo sospecha (Stephen Hopkins, 2000), y vi aquel furioso intercambio entre Morgan Freeman y Gene Hackman, supe que aquella era una de las mejores películas que había visto hasta entonces.

Hoy día, más allá de lo que digan los precios ridículos a los que se vende la película y el olvido colectivo acerca de ella —si no es que el desconocimiento unánime de su existencia—, sigo pensando que no estoy equivocado.

Como entonces, tengo la certeza de que Una vida sin terminar es un producto honrosísimo, en el que dos hombres que están al final de su carrera dan una muestra a Hollywood entero de lo que significa actuar de verdad y afrontar una historia menor con toda la dignidad del caso.

Anclada de inicio en elementos como la culpa y el resentimiento, la cinta parte con la historia de una mujer (Jennifer Lopez), que cansada de los malos tratos de su pareja, decide huir junto a su hija de 11 años Griff (Becca Gardner), único recuerdo de su primer matrimonio, que terminó luego de que un trágico accidente le arrebatara la vida a su esposo. Sin otro lugar a dónde ir, Jean se refugia en el rancho de Einer (Robert Redford), padre de su difunto marido y con quien no lleva una buena relación, toda vez que éste la culpa del accidente en el cual murió su hijo.

Es difícil ir más allá de esto porque el guión no presenta mayores honduras ni da grandes vuelcos. Por el contrario, se desarrolla en un medio tono lleno de quietud en el que lo más importante es la relación de Einer con Mitch (Morgan Freeman), quien aparece como un viejo compañero de faenas, físicamente impedido después de haber sido atacado por un oso.

De ahí se desprende una historia de amor excepcional en la que un hombre cuida del otro, dándole su mano en las actividades más simples como comer, asearse y levantarse de la cama. El cariño intrínseco de los dos ancianos es tan evidente para la pequeña nieta, que en un intento por hacerlos sentir más cómodos trata de convencerlos de que ser homosexual es de lo más normal.

Freeman, en su papel de enfermo, no sólo le aporta dignidad y cierto halo poético al relato —ayudado por la excelente fotografía de Oliver Stapleton—, sino que se convierte en la conciencia del filme. Redford, quien durante años era el arquetipo cuando se hablaba de galanes, aparece agigantado porque no obstante la facha de haber sido muy maltratado por el paso de los años, ofrece en esta película una de sus mejores actuaciones en largo tiempo.

Así pues, la película resulta un tanto engañosa; la mayoría del tiempo el foco parece estar puesto en el conflicto de la madre golpeada, pero las subtramas resultan, por mucho, más interesantes: el lazo de camaradería que se teje entre la niña y los dos hombres que de la noche a la mañana se convierten en su familia, la relación de Einer con su hijo muerto, a quien puntualmente le habla de su vida mientras se lee la inscripción “Una vida sin terminar”, la preocupación de Mitch por el oso que estuvo a punto de asesinarlo...

La crítica ha sido dura con este trabajo y puede que tenga razón en cada uno de los puntos objetables. Esta vez no estoy de acuerdo. Una vida sin terminar me parece una película bellísima con dos actuaciones que merecerían más de lo que les está dando la mezquindad de algunas reseñas.

Es un terrible error ver esta película, pensando que Jennifer Lopez es quien lleva el peso de la historia. Ella y Josh Lucas están simplemente bien, aun cuando podrían estar juntos haciendo su propia comedia romántica. No, el trabajo tiene que verse desde la perspectiva de Redford, Freeman y la pequeña Becca Gardner, quien además es una preciosidad.

 
 
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