Si bien es cierto que hay cierta ceguera intelectual en pretender que la adaptación de una obra publicada en 1726 se mantenga fiel a aquélla, también es cierto que la versión cinematográfica de Los viajes de Gulliver, dirigida por Rob Letterman, es una afrenta al clásico de Jonathan Swift y, por mucho, una de las peores películas del año.
Vagamente basada en la supuesta bitácora de viajes extraordinarios escrita en primera persona por Lemuel Gulliver, el protagonista de esta historia (Jack Black) es el ordinario encargado del correo en un periódico de Nueva York, un tipo sin muchas ambiciones, aunque enamorado de la editora de la sección de viajes (Amanda Peet), quien un buen día decide darle una oportunidad como redactor y enviarlo al Triángulo de las Bermudas con el fin de que escriba una crónica de su estancia y paso por ahí.
Llena de incoherencias, brincando a veces sólo de un gag a otro, y con minutos muertos que tienen que ser rellenados incluso con un soso número musical, la historia no se ocupa más allá del relato del naufragio en Lilliput y la interacción de Gulliver con los pequeños habitantes de esta isla, de moral y modales casi victorianos.
En esencia, la trama parecería enfatizar la idea del tipo promedio que finge ser otra persona en una tierra extraña y llevar a cabo fantasías que de otra manera no podría realizar, pero el conjunto es demasiado infantiloide para concederle tal profundidad. El guión parece escrito sobre las rodillas; las bromas funcionan en un nivel francamente elemental y mientras el momento cumbre del humor está marcado por la escena en la que Gulliver apaga un incendio orinando sobre él, el punto climático del relato incluye un absurdo combate con un robot gigante.
Adicionada con pobres efectos visuales, Los viajes de Gulliver es una cinta anémica, que lejos de ofrecer un punto de vista inteligente de su tiempo (a fin de cuentas el clásico era en sí una sátira del suyo), se agota en bufonadas y humor físico combinados con una subtrama romántica mil veces vista.
Perdonen la dureza, pero tanto el director, como sus guionistas, Nicholas Stoller y Joe Stillman, no hacen sino orinarse en la tumba de Jonathan Swift y vulgarizar su historia para volverla la anécdota de un perdedor al que todo termina saliéndole bien. Así de claro. |