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A Fernanda Solórzano
Cuando Alfonso Arau presentó a los medios su película Zapata, fue lapidario respecto a lo que uno podía esperar de ella: “Violé a la historia, pero no me importa, porque me salió un hijo muy bonito... el departamento de historia vive en un edificio diferente al departamento en el que vivimos los artistas”.
Esto viene a cuento, justamente porque después de ver esta producción uno no puede sino salir directo a buscar cuántos años de prisión establece el Código Penal para los violadores. Desgraciadamente, uno termina también acordándose de que la película fue rodada en Morelos, donde gobernadores, procuradores y funcionarios altos y medios generalmente están coludidos con narcotraficantes y secuestradores. Eso, sin tomar en cuenta que uno de los socios capitalistas —productor ejecutivo, dicen los créditos— es nada menos que Ángel Isidoro Rodríguez, alias El Divino, quien en 1995 fue acusado de un fraude por 440 millones de pesos en perjuicio de Banpaís, proceso del que salió limpio, junto con otros 19 cargos, tras ser extraditado en 1998 de España.
Zapata, pues, es una película pretenciosa, una falsificación espiritual llena de esotería barata, en la que los personajes históricos son mero relleno de las escenas, y protagonizada por malos actores, comenzando por Alejandro Fernández, quien se convirtió en actor gracias a que, dice Alfonso Arau, “lo vi actuar en sus videoclips y no me pareció que lo hiciera nada mal”.
De hecho la película provoca una de esas diversiones malsanas de las que uno termina sintiéndose culpable; algo así como poner al gordito de la clase a bailar encuerado la danza del venado; uno se resiste a ver, se esfuerza en mirar a otro lado, pero no puede parar de reírse.
Esa idea de “el sueño del héroe” a la que alude el nombre del filme no parece ser más que una ocurrencia del director para autodenominarse “héroe”. Arau cuenta que hace algunos años tuvo un sueño en el que se le apareció Zapata, pidiéndole que contara su ”verdadera historia, y no la acartonada y falsa que se ha convertido en dogma en los libros de historia”.
Y es que hay que suponer que basta con comprarse una buena ouija para enterarse, como Arau, de que Emiliano Zapata era en realidad Quetzalcóatl redivivo, un descendiente de Cuauhtémoc, un guerrero sagrado y el último descendiente del largo linaje de los tlatoanis mexicas.
Y no es que tengan que decírselo a uno. Eso se adivina cuando Zapata (interpretado por El Potrillo Alejandro Fernández) le hace ojitos a los caballos para que las bestias lo saquen, según el caso, del hoyo en que se encuentra. Claro que también está un trío de chamanas, principalmente una cuyo nombre es Juana Lucio, que le revela al revolucionario su carácter mesiánico y le hace saber que será sometido a un entrenamiento místico.
Juana Lucio lo remite a uno de inmediato a aquella película de La marca del zorrillo , con Tin-Tán, en la que aparece una bruja llamada Verónica que tiene un hijo que se llama Marcianito. Ésta y las otras dos chamanas desaparecen de escena de una manera peculiar, si consideramos que se desvanecen tras ejecutar algunos pasos de aquella canción conocida como la “Macarena”. En síntesis, un derroche de efectos especiales que no se veían —asegura un crítico— desde aquel programa de Odisea Burbujas que se transmitía en los años ochenta. Claro que eso de que un caballo y un humano se entendieran tan bien no sucedía desde Mister Ed.
Un personaje enigmático es sin duda el de Victoriano Huerta (Jesús Ochoa) cuyo único objetivo en la vida es hacerle miserable la vida al buen Emiliano, tanto, que aparece a lo largo de toda la existencia del caudillo —sin envejecer ni un poquito— e incluso urde con Jesús Guajardo la emboscada contra Zapata en la hacienda de Chinameca, lo cual resulta más incomprensible si consideramos que Zapata fue asesinado en 1919 y Huerta había muerto de cirrosis tres años antes.
Añádanle que entre ambos personajes hay además un pleito de faldas, toda vez que la esposa de Victoriano Huerta, una cantante dizque española de zarzuela, interpretada por la cantante Lucero, se convierte en amante del revolucionario, al grado de que ambos terminan haciendo el amor en una de las habitaciones de lo que hoy es la sede del Gobierno del Distrito Federal, ahí donde alguna vez despacharon el regente de hierro Ernesto P. Uruchurtu, ahí donde Rosario Robles hizo negocios con Carlos Ahumada y donde Andrés Manuel López Obrador nos dio patria y videoescándalos.Ahí también, en la cumbre del erotismo, Lucero necesitó una doble para hacer la escena donde se le asoma un pezón.
Sin embargo, a don Alfonso Arau le quedaba mucha creatividad todavía. Dígalo si no el hecho de que a pesar de la gran cantidad de disparos que hay en la película, no hay una sola gota de sangre, ya que al director de Zapata las heridas que sangran le parecen “un recurso barato”. De hecho, según sus propias palabras “pueden notar que éste es un héroe místico que además no mata a nadie durante toda la película”.
Si hasta ese momento uno no se ha empezado a reír, Arau, quien también cobró como guionista, inserta frases del calibre de “dicen que las balas no tocan a Zapata” o “Zapata está en todas partes”. Asimismo, cuando Emiliano decide casarse con Josefa, su primera mujer, lejos de intercambiar votos matrimoniales, arras o argollas de matrimonio, se dan atole y tamales (Dios mío).
Esta pretensión de hacer una cinta esotérica y espiritual condujo también a que casi la totalidad del filme se rodara en las ruinas de la hacienda de Coahuixtla, incendiada por Zapata durante la Revolución, pero que más parece Cracovia tras la llegada de los aliados hacia el final de la Segunda Guerra Mundial.
De Eufemio Zapata, ya ni hablar. Caracterizado por Jaime Camil, el hermano del Caudillo del Sur recuerda perfectamente a aquel sketch de revolucionarios que Héctor Suárez y El Flaco Ibáñez representan en Lagunilla mi barrio.
En resumen, si usted compró o rentó el DVD, todavía está a tiempo de usarlo como un bonito portavasos.
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